Tener un sentido de la vida tiene que ver con la fuerza para seguir adelante en situaciones vitales percibidas como difíciles”. (Aviad-Wilchek, 2019)

A día de hoy, el sufrimiento invisible está muy presente en nuestra sociedad.

El mundo gira muy rápido y casi no tenemos tiempo de procesar nuestras propias emociones, que son una parte muy esencial de lo que somos. No nos damos cuenta, pero resulta que todo el tiempo estamos sintiendo emociones, ¡hasta estar embobado mirando al techo es una emoción!

Las emociones tienen una función muy importante: comunicarnos qué está sucediendo (cómo lo percibimos), cómo nos afecta, lo que no nos gusta o lo que sí, lo que nos gustaría y si podemos hacer algo por ello.

Parece que las emociones realizan un buen trabajo, al cual no le prestamos atención porque es muy automatizado. Pero, en un mundo que gira tan rápido, el trabajo emocional no siempre es efectivo. Puede ser útil hasta que, en un momento dado, por lo que sea, ya no lo es. Y es que estamos digiriendo constantemente, tanto emociones más agradables como más desagradables. El problema es que estas últimas, a veces pueden sentirse como más insoportables. Sobre todo, si una o varias situaciones desbordantes se mantienen en el tiempo y la persona se ve sin recursos. Esta percepción puede ser uno de los factores de riesgo de cara al suicidio.

Algunos datos a tener en cuenta

El suicidio es un problema serio de salud pública y global. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 720.000 personas mueren por suicidio cada año en el mundo y, de hecho, fue la tercera causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años.

Si bien en España ha disminuido significativamente la tasa de suicidio en 2024 (los datos provisionales indican 3.846 suicidios), también sigue siendo elevada. Estamos hablando de ¡10.53 suicidios al día! y no podemos olvidar que, por cada suicidio consumado, hay muchos más intentos de suicidio.

Mitos de la conducta suicida

En la sociedad hemos aprendido algunas cuestiones sobre el suicidio que más que describir la realidad son creencias erróneas sin fundamento que poco nos ayudan en el abordaje de la conducta suicida. Algunos de los mitos más extendidos son:

  • Preguntar a una persona si está pensando en suicidarse, puede incitarle a hacerlo.
  • Hablar sobre el suicidio públicamente tiene efectos devastadores.
  • La persona que expresa su deseo de acabar con su vida nunca lo hará.
  • La persona que se quiere suicidar no lo dice.
  • El suicidio es impulsivo y la mayoría de las personas que se suicidan no avisan.
  • Solo las personas con problemas graves se suicidan.
  • Es un problema aislado y no afecta a la adolescencia.
  • La persona que se suicida quiere morir.

Nada de esto es cierto. En otro post te contaremos porqué. Mientras tanto vamos a comentar otros aspectos relacionados con la conducta suicida.

Es cierto que hay personas más vulnerables a esta problemática, pero, no obstante, tenemos que desmontar el mito de que solo las personas con un trastorno mental grave pueden tener ideación suicida o suicidarse.

Es decir, hay muchos factores que pueden hacer vulnerable a alguien, pero todo el mundo se enfrenta a diario con situaciones que son estresantes o  dolorosas, incluidas las personas con una vida aparentemente llena de sentido y repleta de objetivos cumplidos y estables.

Esto es lo que también nos hace humanos, el hecho de que nos adaptamos constantemente al estrés. Y continuamos. Pero, a veces… podemos sentirnos desesperanzados. Y es algo normal, que nos puede suceder a todos.

Ahora bien, cuando alguien se encuentra con ideación suicida, es porque aparece una visión de túnel en la cual no ve salidas a su sufrimiento, y éste es tan desbordante que es como si un volcán de malestar explotara. La persona necesita que todo pare, pues no se encuentra capaz de manejar tanto malestar en esos momentos, y percibe que no va a cesar. Por lo que la única salida que percibe para que el malestar pare, es que la vida pare.

Quizás esa persona percibe que está sola, que nadie le entiende o que nadie le puede ayudar. Pero es necesario tener muy en cuenta que todo esto se piensa desde un desbordamiento, desde la desregulación emocional. Piénsalo, si intentas tocar una sartén ardiendo, ¿qué puede pasar?

Teniendo en cuenta todo esto ¿Qué se puede hacer?

¿Qué puedes hacer si te está pasando?

Recuerda, la ideación suicida es una respuesta de escape del cerebro (esa salida única que se percibe), que quiere que el malestar finalice pues es muy elevado, y es su forma de comunicártelo. Lo que pasa es que, en un estado de agitación, es difícil poder regularte emocionalmente.

El primer paso es ser consciente de esto. Trata de utilizar tus recursos. Pero, si no puedes gestionarlo, no pasa nada:

  1. Pide ayuda a tus personas cercanas y, si es necesario,
  2. Lo que debes hacer es llamar a los servicios de emergencia o pedir que lo hagan por ti. Te proporcionarán los cuidados necesarios para bajar ese volcán desbordado de malestar.

Recuerda: esto es una intervención que llamamos “de rescate” pero es importante que luego, busques ayuda psicológica profesional. Tienes derecho a sentirte bien.

El objetivo no es hacer desaparecer los problemas, sino bajar ese estado de agitación mental para así poder preservar tu seguridad en un estado de juicio afectado. De esta manera, ya abres una puerta, una salida.

¿Qué podemos hacer cuando encontramos a alquien que nos expresa mucho malestar, no somos profesionales y no tenemos las herramientas adecuadas?

Mira la siguiente figura. Cuando alguien manifiesta ideas suicidas no estamos necesariamente ante el acto de suicidio, pero desde luego no hay que dejarlo pasar porque la idea junto a la desesperanza y el malestar pueden hacer que la persona escale en la pirámide que muestra la figura 1.

La mayoría de la población no está acostumbrada a ver a una persona en una situación así como es, por ejemplo, una verbalización del deseo de terminar la vida o un intento por sí mismo, por lo que es lógico no saber cómo actuar. Ya sabemos que, en situación de emergencia, se llama a los servicios pertinentes.

Pero lo que está en mano de todos es lo siguiente:

  1. Presencia.
  2. Escuchar.
  3. Validar lo que dice la persona, no juzgarla.
  4. Preguntar qué necesita u ofrecerle una opción accesible y sencilla.

No es fácil saber qué es correcto hacer o decir en una situación así. Por esto, comentábamos la presencia. La significativa presencia. Piénsalo también: cuando estás saturado, quizás lo único que necesites es saber que hay alguien ahí a tu lado, sin ninguna pretensión más que acompañarte y tener un espacio seguro donde sentir tu malestar.

Si la vida de alguien está en riesgo, esta persona necesita ayuda para ver otras alternativas a la solución de finalizar o, al menos, que no se agraven los problemas en ese instante (eso sería alterar más a la persona, confrontándola) o dándole ese acompañamiento en esos problemas.  Pero, esto es complicado si no tenemos las herramientas para hacerlo sin invalidarle emocionalmente en un momento tan delicado, por lo que recuerda: lo único necesario es la presencia, que esa persona sepa que está acompañada.

¿Y qué hacemos en terapia?

En terapia, los psicólogos también mostramos presencia. Te escuchamos de forma activa. Intentamos construir un lugar seguro para ti.

Pero, especialmente, creamos un plan de seguridad desde el primer momento.

Gracias a eso, más adelante podemos desarrollar la terapia en base a los pasos que necesitas dar en momentos de crisis. De esta manera, podremos empezar a construir todas las herramientas que te acompañarán a la hora de gestionar tus dificultades y emociones de una forma más amable y compasiva contigo mismo. Por último, decirte que en un estado de desesperanza, es difícil ver las cosas con la misma claridad que cuando estamos más tranquilos. Date la oportunidad de ver la situación desde la calma. Y recuerda: ¡no estás solo!

Artículo escrito por Cristina Riesco – Psicóloga del centro