Si has llegado hasta este artículo, probablemente sea porque algo te ha llamado la atención: un vídeo en redes, una conversación con alguien cercano, algo que viste por casualidad y que de pronto encajó con algo que llevas sintiendo desde hace años. No estás sola, ni mucho menos. En los últimos años, las consultas de personas adultas que se plantean si pueden ser autistas, tener TDAH o altas capacidades se han multiplicado. Y aunque a veces se habla de ello como si fuera una “moda”, lo que hay detrás es bastante más serio.

En este post queremos ayudarte a entender por qué está pasando esto, qué dicen los estudios y por qué sobre todo tantas mujeres están llegando a su diagnóstico en la adultez después de décadas de confusión. El objetivo no es ponernos etiquetas, sino que, si algo de esto resuena contigo, tengas una mirada más amplia y menos solitaria sobre lo que puede que estés viviendo.

Las cifras muestran un aumento real.

Seguro que has escuchado esa idea que se repite tanto últimamente:

“Ahora todo el mundo tiene TDAH o es neurodivergente”.

Empecemos por los datos, porque sí: las cifras de diagnóstico han crecido muchísimo, y conviene entender por qué.

En las últimas dos décadas, los diagnósticos de TDAH y de autismo se han disparado en muchos países. En Reino Unido, los diagnósticos de TDAH se duplicaron en niños y se cuadruplicaron en niñas entre 2000 y 2018, y el aumento en adultos ha sido todavía más pronunciado. Con el autismo ha pasado algo parecido: un estudio reciente registró un incremento del 452 % en diagnósticos entre adultos estadounidenses de 26 a 34 años en apenas una década.

En España, la Confederación Autismo España indica que el número de estudiantes con TEA en el sistema educativo prácticamente se cuadruplicó entre los cursos 2011/12 y 2021/22. Y entre los adultos, asociaciones como APNABI (Autismo Bizkaia) reportan que las mujeres ya suponen el 51 % de los nuevos diagnósticos, una cifra muy llamativa si tenemos en cuenta que la prevalencia estimada sigue indicando una proporción de aproximadamente cuatro hombres por cada mujer.

Una apreciación importante sobre la mayoría de la investigación científica es que se considera que la prevalencia real del TDAH y del autismo se ha mantenido bastante estable a lo largo del tiempo. Lo que ha cambiado no es el número de personas neurodivergentes, sino el número de personas a las que finalmente se identifica como tales.

Entonces, ¿qué está pasando realmente?

El aumento de diagnósticos en adultos se debe a una combinación de factores. A continuación, te cuento los principales:

  • Mejor formación clínica. Los profesionales de la salud mental estamos mucho mejor preparados para detectar perfiles neurodivergentes que no encajan en el estereotipo clásico (niño hiperactivo, niño aislado socialmente). La formación se ha ampliado y se han incorporado los hallazgos sobre cómo se expresan el autismo y el TDAH en mujeres, en adultos y en perfiles enmascarados.
  • Cambios en los criterios diagnósticos. Los manuales como el DSM-5-TR han ampliado y matizado las descripciones clínicas. El autismo ya no se concibe como una categoría rígida, sino como un espectro amplio que incluye formas mucho más sutiles de expresarse, y el TDAH se reconoce con perfiles distintos (inatento, hiperactivo-impulsivo o combinado) que pueden manifestarse de maneras muy diferentes entre las personas.
  • Más visibilidad social. Las redes sociales, los testimonios personales, las series y la divulgación han hecho que mucha gente se reconozca por primera vez en experiencias que pensaba que eran “suyas y de nadie más” lo que ha empujado a muchas personas adultas a buscar respuestas.
  • Diagnóstico en cadena familiar. Muchísimas personas adultas descubren su propia neurodivergencia tras el diagnóstico de un hijo/a. En estos casos, surge una especie de revelación personal: “espera, esto que describen en mi hijo/a… me ha pasado a mí toda la vida”.
  • Cambio en la mirada cultural. Hace 30 años, decir que una persona adulta era autista o tenía TDAH se asociaba a una idea muy limitada y a menudo estigmatizante. Hoy, el concepto de neurodivergencia (acuñado por Judy Singer en los años 90) propone entender estas formas diferentes de funcionamiento como parte de la diversidad humana, no como un déficit. Y es precisamente esa mirada la que anima a muchas personas a explorar sin tanto miedo.

Es decir, no es que haya más personas neurodivergentes. Es que, por fin, estamos viendo a muchas que siempre lo fueron.

Nota importante sobre los términos. A lo largo del post leerás que los manuales diagnósticos hablan de “trastornos”. Es el término técnico que utiliza el DSM-5 y que aparece en los informes clínicos. Personalmente, prefiero hablar de condiciones del neurodesarrollo o de perfiles neurodivergentes, porque creo que reflejan mejor lo que realmente acompaña a la persona: una forma distinta de funcionar, no una enfermedad. El TDAH, el autismo o las altas capacidades no son algo que se “tenga” como se tiene una gripe; son formas de procesar el mundo que están presentes desde el inicio de la vida y que acompañan a la persona siempre. Mi trabajo no es etiquetar ni patologizar, sino ayudar a comprender, validar la experiencia y ofrecer apoyos que mejoren el bienestar de cada persona desde el respeto a quien es.

¿Por qué tantas mujeres llegan al diagnóstico en la edad adulta?

Si miramos las estadísticas con atención, hay un dato especialmente significativo: el aumento de diagnósticos en mujeres adultas es proporcionalmente mucho mayor que en hombres. No es casualidad. Detrás hay décadas de sesgo histórico.

Durante el siglo XX, prácticamente toda la investigación sobre autismo y TDAH se hizo con muestras casi exclusivamente masculinas. Los criterios diagnósticos, los instrumentos de evaluación y las descripciones clínicas se construyeron a partir de cómo se expresaban estas condiciones en niños varones. El resultado fue que el “mapa” que los profesionales utilizaban para identificar el autismo o el TDAH no contemplaba las formas en que estas condiciones aparecen en niñas y mujeres.

Esto generó un sesgo diagnóstico persistente que ha afectado a generaciones enteras de mujeres.

Esta diferencia no es solo teórica. Tiene consecuencias muy reales en la vida de millones de mujeres. Las niñas con TDAH, por ejemplo, suelen presentar un perfil más inatento que hiperactivo: se distraen, sueñan despiertas, pierden cosas, tardan en terminar las tareas, pero rara vez molestan en clase. Como no rompen la dinámica del aula, no se las identifica. Sus dificultades se interpretan como falta de esfuerzo, despiste o inmadurez. Y, durante años, se las acompaña con la etiqueta de “es muy lista pero no se aplica”.

Algo parecido pasa con el autismo. Las niñas y adolescentes autistas suelen tener una mayor motivación social que los niños, lo que les lleva a observar e imitar conductas neurotípicas para encajar. Estudian las relaciones sociales como quien estudia un idioma extranjero, ensayan respuestas, copian formas de ser de compañeras a las que admiran. Aprenden a sonreír cuando toca, a mirar a los ojos, aunque les incomode, a fingir interés en conversaciones que no entienden bien. A este conjunto de estrategias se le llama camuflaje o masking, y aunque puede facilitar la adaptación a corto plazo, tiene un coste emocional muy grande.

Lo que pasa cuando el diagnóstico llega tarde.

Muchas mujeres que llegan a la consulta en la edad adulta para una evaluación de neurodivergencia comparten una historia parecida. Han pasado años, a veces décadas, sintiéndose diferentes sin saber por qué. Han recibido otros diagnósticos antes (ansiedad, depresión, trastorno límite, fibromialgia, trastornos de conducta alimentaria) que en muchos casos eran reales, pero que no terminaban de explicar la experiencia completa. Y por debajo de todo, una pregunta constante: ¿por qué a mí me cuesta tanto algo que para los demás parece tan sencillo?

En el caso de las mujeres con TDAH todo esto muy frecuentemente ha ido acompañado con sentimientos de culpa, baja autoestima, vergüenza e internalización de etiquetas negativas durante los años previos al diagnóstico. En el caso del autismo, varios estudios señalan que muchas mujeres han recibido diagnósticos erróneos de ansiedad, depresión o trastorno límite de la personalidad antes de identificar el perfil autista que estaba en la base de su malestar.

Esto no significa que esos otros diagnósticos fueran “equivocados”. La ansiedad y la depresión que sentían eran reales. Lo que significa es que faltaba una pieza, una explicación más profunda que permitiera entender por qué llevaban toda la vida agotadas, sintiéndose fuera de lugar y esforzándose el doble que las demás para sostener una rutina aparentemente normal.

Lo que aporta una evaluación en la edad adulta.

Llegar a una evaluación de neurodivergencia en la adultez no es ponerse una etiqueta nueva. Para muchas personas es poder ordenar una historia vital completa con una mirada más amable. Es entender que esa sensación de “esforzarse el triple para lo mismo” no era pereza ni dramatismo, sino una forma distinta de funcionar que nunca tuvo la comprensión ni el apoyo que necesitaba.

También permite distinguir lo que es propio del perfil neurodivergente de lo que es consecuencia de años de adaptación forzada: la ansiedad, el agotamiento, la autoexigencia, el sentimiento de impostura. Y abre la puerta a un acompañamiento terapéutico mucho más ajustado, ayudándole a vivir con menos desgaste desde reconocer a la persona que realmente es.

Es importante aclarar algo: una evaluación rigurosa no busca confirmar a toda costa una sospecha. Busca comprender. A veces la evaluación concluye que sí, que ese perfil neurodivergente está ahí. Otras veces concluye que el malestar viene por otros caminos. En ambos casos, la persona sale con más información sobre sí misma, no con menos.

Si esto resuena contigo.

Si te reconoces en algunas de las cosas que cuenta este post, no tienes que tomar ninguna decisión ahora mismo. Lo primero que puedes hacer es darte permiso para explorar tu propia historia con curiosidad y sin juicio. Lee, escucha testimonios, habla con alguien de confianza. Y si en algún momento sientes que necesitas una mirada profesional que te ayude a ordenar todo eso, una evaluación de neurodivergencia puede ser un buen punto de partida.

En nuestro centro acompañamos a muchas personas adultas en este proceso. La pregunta “¿podría ser que yo…?” es una pregunta legítima, y merece una respuesta cuidada, rigurosa y respetuosa con la historia de cada persona.

Si quieres conocer cómo trabajamos las evaluaciones de neurodivergencia en adultos, puedes consultar nuestra página de servicio o contactarnos sin compromiso. Te explicaremos el proceso y resolveremos tus dudas.